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| Los cuatro porteros vestían trajes negros de Antonio Miró, de ese corte mínimo y sobrio, sin bolsillos ni solapas, que desde el cine de los años sesenta venimos asociando a los uniformes de extraterrestres o de viajeros intergalácticos. Cuidaban su pose de cancerberos exhibiendo un ceño adusto, hasta que pedías paso. Entonces te miraban con indiferencia y, finalmente, mostraban una amabilidad insospechada, que tampoco precisaba adornos. Ejercían de guardianes de la puerta del deseo administrando el enganche de la cuerda de seda trenzada, negra como el negro de los trajes, que unía los postecillos coronados de esferas de latón. Desde fuera se conocía la existencia del local por un débil farolillo que apenas dibujaba una mancha de color azulado sobre la oscuridad de la pared, y también por la presencia de puñados de chicos y chicas que parecían guardar cola, pero que estaban simplemente refrescando el cuerpo después de violentos ejercicios de baile. En la penumbra del zaguán, parapetada detrás de un mostrador móvil, una muchacha con las espaldas cubiertas por un gorila —el mismo uniforme de estilista— cobraba los billetes que daban acceso y derecho a una consumición. Tan pobre era la luz... que palpabas, más que veías, el dinero de ida y vuelta y los papelitos carmesí recibo del pago. Entonces se abrían las hojas de cristal lechoso y te sumergías en un pasadizo enmoquetado en púrpura, que la oscuridad elevaba a granate. Bajabas unas escaleras sobre el ajetreado guardarropa. A la izquierda una barra en «U» servía mixturas diversas. Al fondo, el resplandor iluminaba el altar de sacrificios, en forma de rectángulo de baile sepultado por una oleada de decibelios, y al borde se alzaba el escalón del escenario del antiguo teatro, que todavía se empleaba para sesiones de jazz, y sobre él los bailarines más audaces se contorsionaban, pavoneándose como estrellas a los ojos de la masa de bailarines sudorosos que, a sus pies, respiraban humanidad. Volvió sobre sus pasos para, desde el guardarropa, trepar unas escaleras hacia el gallinero. Allí había un pequeño bar tranquilo, con dos gradas colgantes hasta un enorme cristal que amortiguaba la música atronadora y permitía, en un ambiente de luz suave, charlar con tu pareja y darle discretos besos mientras, de reojo, contemplabas la orgía de luz y gimnasia de la pista de baile. Así lo hacían dos jovencitos en flor, sobre el mueble forrado en terciopelo granate. Era el comienzo del otoño y había llovido. En algún lugar de la penumbra de la ciudad, una piel blanca se estremecía rozando una piel negra. Allí dentro, en el anfiteatro, cabellos rubios de dos colores dialogaban. Él les trajo dos cubatas. —¿Y qué es, para vosotros, el amor? —Preguntó ella, de súbito. Cerca de las Torres de Avila, en un bareto casi desierto, poco antes había sonado aquella música, y la noche había comenzado a vibrar. | Escrito en 2005, recuperado hoy puesto que he vuelto a oir la canción de las perlas. Alaska y Dinarama (y antes Alaska y los Pegamoides), con Olvido Gara y Carlos Berlanga como figuras centrales. Hijo del cineasta Luis García Berlanga, Carlos (G) Berlanga nació en agosto de 1959. Un buen año, os lo digo yo. Un buen mes. De hecho nació el 11, es decir, a tres días de distancia de mí. Falleció en junio de 2002, por una enfermedad hepática. Olvido Gara, nacida en Méjico en 1963, sigue cantando en Fangoria, con Nacho Canut (Valencia, junio de 1957), que también estuvo en Pegamoides y Dinarama, y fue una pieza esencial de ambos, y sigue siendo un sujeto importante en el negocio de la música. | La interrogué en el camerino sobre la muerte de René, me contestó con evasivas, no sé, no sé, no sé, no sé. Vámonos, me dijo tengo que hablarte de unas perlas ensangrentadas, flores pisoteadas. Perlas ensangrentadas, flores pisoteadas. René fue sólo un instrumento una fachada nada más. A mí me llegará el momento me dijo con tranquilidad. Vámonos, me dijo. Tengo que hablarte de unas perlas ensangrentadas, flores pisoteadas. Perlas ensangrentadas, flores pisoteadas. La acompañé hasta su casa nos despedimos sin hablar. Aquella fue la última noche. Tres tiros le hicieron callar. Recordé su frase, aquella historia sobre perlas ensangrentadas flores pisoteadas. Perlas ensangrentadas, flores pisoteadas. |


